¿Hace falta ser inteligente para ser emprendedor de éxito?

En mi experiencia, y esa es una buena noticia para los que no somos muy despiertos de mente, ser muy inteligente puede ser contraproducente a la hora de ser emprendedor.

De hecho hay estudios que demuestran que la inteligencia intelectual no está correlacionada con el éxito, hace falta un cierto nivel muy básico, pero si lo tienes, cuentan más otras cosas.

De hecho también demasiada inteligencia de ese tipo puede jugar en contra: que levante la mano quien conozca el típico caso de genio llamado a triunfar y que ha fracasado.

(Es importante comprender que no hay un solo tipo de inteligencia, pero aquí vamos a ceñirnos a la clásica, a la intelectual, a la del conocimiento y razonamiento puro y duro).

¿Por qué no es un elemento clave?

Porque lo único que consigue materializar resultados en el mundo real, (en contraposición a vivirlos en nuestra imaginación suspirando por ellos) es la acción, no el pensamiento solo.

Acción constante, sin misericordia, sin dejar de hacer y empujar aunque el mundo se esté derrumbando alrededor y todos nos griten que lo dejemos.

Por eso ser inteligente no funciona a la hora de conseguir resultados, porque muchas personas inteligentes, aunque saben que sólo funciona actuar, no lo hacen.

¿Por qué ocurre esto cuando tienen todas las herramientas intelectuales a su alcance?

La respuesta corta es la misma de siempre para casi todo: miedo.

La respuesta larga es un poco más elaborada, pero sólo sirve para racionalizar e intentar no admitir que en el fondo sigue siendo miedo.

Recientemente estaba leyendo al emprendedor Rajesh Setty, uno de esos siempre en acción y siempre envuelto en crear múltiples empresas e iniciativas, y explicaba por qué la gente inteligente no suele ser la de más acción.

El problema radica en que la gente inteligente piensa (sí lo sé, es alucinante esta conclusión), con lo cual ante una situación como crear una empresa, realizar una campaña de marketing o lanzar un nuevo producto, empieza a calibrar qué hace falta para hacerlo bien y se pone a aprender o preparar lo necesario.

Y como son inteligentes pronto ven que el tema es más complicado de lo que parecía al principio, con lo que esas diez primeras cosas que había que tener en orden se van convirtiendo en veinte.

El resultado es que demoran la acción, porque la cosa no es tan fácil como parecía, y buscan intentar controlar esos veinte factores nuevos, aprender más sobre cómo redactar el mensaje de marketing, ver cómo organizar la respuesta, enviar de la mejor manera los incentivos de la campaña…

Entonces esas veinte cosas pasan a ser treinta cuanto más conoces sobre el tema. Luego resulta que oyes que cierta empresa lo hizo bien y vas a investigar cómo lo organizaron, dándote cuenta de que surgen cinco factores más con los que no habías contado y reorganizas lo anterior, porque eres inteligente, y lo inteligente es tener las cosas dominadas antes de saltar al ruedo.

La trampa está en que es imposible controlar todos los factores que influyen hasta en la cosa más simple que queramos hacer.

De modo que cuanto más sabemos del tema (cosa que toda persona inteligente intenta) más nos damos cuenta de todo lo que nos queda por conocer y controlar, así que nos quedamos atrapados en el cuento de nunca acabar. Como no te sientes seguro (porque cuanto más inteligente eres más te das cuenta de todo lo que no sabes) no actúas.

¿Entonces cuál es la cualidad ideal para obtener dichos resultados?

Ser cabezota funciona mucho mejor a la hora de conseguir resultados.

O como decía un mentor mío, “golpea, golpea y golpea el objetivo hasta que una de esas veces le des”.

Ser cabezota es un rasgo que se suele asignar a quien es poco inteligente, de modo que se lanza a actuar sin calibrar las consecuencias o haber aprendido y analizado todo lo necesario.

El 99% de veces el resultado es que se da de bruces contra una pared, pero como es insistente llama de nuevo a esa puerta cerrada y no deja de golpear hasta que abren, la echa abajo o encuentra un hueco por algún lado.

Mire a su alrededor y/o a la biografía de cualquier emprendedor de éxito y verá la ristra de trabajos de poca monta, empresas fracasadas e iniciativas que creó antes de llegar donde está.

Llegaron porque se estamparon y aún así se volvieron a levantar, no por su coeficiente intelectual..

Bill Gates dormía en la “oficina” que montó, Steve Jobs fue expulsado de su propia empresa tras tenerlo todo en sus manos, A Lincoln lo derrotaron en 8, sí 8, elecciones antes de ser presidente…

A pesar de que lanzarse sin pensar no es muy inteligente, los cabezotas tienen algunas cosas a su favor:

1) El aprendizaje que recibes con tu primer tropiezo vale más, y es más real, que mil horas de estudio y análisis intelectual.

2) El principio del 80/20 juega a favor de los cabezotas.

En este caso porque el 80% de temores, circunstancias y miedos por los que no actuamos y nos preocupamos no se llegan a materializar (o bien no son para tanto).

Así que si no era ese estudiante brillante, mucho mejor, y si lo era, ahora ya sabe que el truco está en no pensar demasiado, cosa no demasiado difícil, pues con una dieta de un par de horas de televisión al día podemos reducir nuestro CI a la mitad en un suspiro.

Pero eso sí, como en todo aquí hay truco, si recordamos el principio dijimos que la inteligencia intelectual no es la única que existía, hay inteligencia de muchos tipos y no necesariamente tienen que ver con ser una enciclopedia, por eso hay otros tipos de inteligencia que sí tienen más correlación con el éxito, pero eso ya será tema de otro artículo.