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Larry Page, uno de los fundadores de Google, tiene una pregunta para los emprendedores que acuden a él buscando financiación.

Esa pregunta es si quieren cambiar el mundo.

Si ha visto la serie Silicon Valley, una comedia ácida sobre el mundo de las tecnológicas, hay un episodio en el que las empresas que acuden a un gran evento a buscar financiación. En él todas hacen su discurso y todas, sin excepción, empiezan a hablar del cliché de cambiar el mundo.

Porque es eso, un cliché y, de hecho, cuando a Page le responden de manera afirmativa, ya sabe que tiene delante a alguien que no va a conseguir nada.

Esas narrativas no sólo no ayudan a conseguir los objetivos que nos proponemos, es que seguramente nos lo impedirán.

Porque las historias que nos contamos sobre el éxito, sobre ser como Apple, hacernos de oro, dominar el mercado y cambiar el mundo nos impiden centrarnos en lo importante.

La historia de Bill Walsh

Una de mis historias favoritas es la de Bill Walsh, entrenador de fútbol americano. Cunado fue contratado por los 49ers llegó a un equipo desmoralizado, que había realizado una campaña desastrosa.

Los periodistas, que aman estas narrativas de las que hablamos hoy, igual que aman las historias de éxito de emprendedores, empezaron a preguntar enseguida si tenía planes y ambiciones de llevar a su equipo a la Super Bowl.

No, fue siempre la respuesta de Walsh.

Su ambición era inculcar una disciplina de trabajo excelente, que todo el mundo apareciera para entrenar y lo hiciera lo mejor posible.

Walsh era un tipo metódico, que creía en que, si se hacía un trabajo excelente, los resultados llegarían como consecuencia natural. Es decir, se centraba en el proceso y en hacerlo lo mejor posible, no en los resultados.

Walsh era un tipo aburrido, procesos y trabajo, procesos y trabajo. El que no fuera excelente en su trabajo y no pusiera su mayor esfuerzo, a la calle.

No le importaba si ganaban o perdían, importaba que cada uno trabajara de acuerdo a los estándares de excelencia que había impuesto. Así, si habían perdido y lo habían hecho bien, no había problema pero, incluso cuando ganaban, pero no habían trabajado bien, Walsh se esforzaba en mejorar lo que fallaba.

Tres años después de la llegada de Walsh, los 49ers no solo alcanzaron la Super Bowl, sino que la ganaron.

Aún así, cuando le preguntaban sobre sueños y ambiciones del gran trofeo, viendo que estaban encaminados a ello, su respuesta durante todo ese camino siguió siendo «no». No a los sueños de grandeza, no a esas narrativas que invaden nuestra cabeza y nos encantan, pero nos impiden trabajar bien.

El peligro del éxito

De hecho, después de esa victoria, la temporada posterior fue desastrosa.

Poseídos por el ego y creyéndose las historias que se contaban en prensa y redes sobre cómo eran los mejores, los jugadores empezaron a perder esa excelencia.

Ese es uno de los mayores peligros, porque cuando te crees bueno, también crees que puedes saltarte el trabajo y seguir siendo bueno, cuando en realidad es el trabajo lo que te ha llevado al éxito en primer lugar.

A todos nos pasa. Pensar en nuestro éxito, especialmente como emprendedores, es divertido. Planear la dominación del mundo, y cómo vamos a cambiarlo es divertido. No requiere trabajo y en nuestra cabeza siempre sale bien, por eso damos rienda suelta a esas fantasías, por eso nos gusta tanto hacer planes o imaginarlos, en vez de poner el trabajo.

El aburrido trabajo de emprender

La realidad es que la mayoría del trabajo importante del emprendedor suele ser aburrido.

No hay manera de darle vueltas a eso, es así. No es maravilloso estar recogiendo datos para analizarlos, estar creando una campaña de marketing e intentar conectar con posibles clientes y llevarnos esa dolorosa negativa tan habitual.

Pero he ahí el peligro, sustituir el trabajo por planes e ínfulas. Dejarnos atrapar por la narrativa de que vamos a cambiar el mundo o tener un éxito arrollador es un enemigo del emprendedor, porque se interpone en el camino del trabajo.

Y nada excepto el trabajo y la acción masiva (no la planificación masiva ni la imaginación masiva) es lo que nos va a llevar más cerca del resultado.

¿Cómo aplicar todo esto en la práctica?La respuesta ya está dada en forma del ejemplo de Bill Walsh.

Si adoptamos su filosofía, seguramente adoptaremos también los resultados que obtuvo.

Y sí, es una paradoja curiosa la de que, para obtener resultados, o principal sea dejar de embaucarnos por esos resultados y centrarnos, en su lugar, en procesos y trabajo.

Cuidado con las historias que nos contamos en nuestra cabeza, puede que nos estén haciendo más mal que bien, por bonitas que sean y poco esfuerzo que requieran.